EL ESTOICO PRIMAL

Historias de una vida real

PROMETÍ DEJAR EL ALCOHOL EN MI CUMPLEAÑOS. NO LO CUMPLÍ.


Por Félix A. J. · · 3 min de lectura

Elegí una fecha para cambiar mi vida: el 15 de abril, mi cumpleaños.

Pensé que podía darle a ese día un significado distinto. Ya llevaba tiempo viendo las consecuencias del alcohol en mi cuerpo y en mis relaciones. Había tenido momentos de vergüenza, conversaciones difíciles y promesas que sonaban sinceras cuando las decía. Esta vez quería que el cumpleaños marcara una separación clara entre una etapa y la siguiente.

No sucedió.

Llegó la celebración. Hubo felicitaciones, copas levantadas y el ambiente normal de una fecha que debía ser alegre. Yo sabía qué había decidido hacer y, aun así, seguí bebiendo. No me faltaban palabras para explicar lo que quería. Lo que faltaba era que aquellas palabras se convirtieran en hechos.

La parte más difícil no fue tener que reconocerlo después. Fue saberlo mientras estaba ocurriendo.

Durante mucho tiempo había intentado vivir con dos versiones de mí mismo: el que entendía perfectamente el problema y el que, llegado el momento, encontraba una razón para repetirlo. En aquella celebración se encontraron de frente. El cumpleaños que había elegido como punto de partida se convirtió en otro ejemplo de esa distancia.

Pasaron cinco días.

El 20 de abril, mi entonces esposa me preguntó por qué no había dejado de beber y cuánto tiempo más pensaba esperar. Yo no tenía una respuesta que volviera menos cierto lo ocurrido. Había señalado una fecha, había pedido confianza y no había cumplido.

Se puede contar una escena así con dramatismo, como si después de una pregunta dura todo se ordenara de golpe. Pero la recuperación no funciona como el final de una película. La vergüenza y la culpa estaban ahí; también la necesidad de reconocer que mi problema era más grande que una promesa hecha en una fecha especial.

Lo que vino después requirió acciones y apoyo. En mi historia hay caminatas, recaídas en las intenciones, personas cercanas que me ayudaron y reuniones de Alcohólicos Anónimos. No fue una línea recta. Tampoco fue una demostración de que bastara con «querer de verdad» para salir de una dependencia.

Con los años, esa experiencia adquirió para mí otro significado. Un calendario puede señalar el día en que esperamos comenzar, pero no puede ejecutar una decisión. Ni siquiera una fecha importante, ni siquiera un cumpleaños, puede hacerlo por nosotros.

También aprendí a desconfiar de la costumbre de responder a una promesa incumplida con otra promesa todavía más grande. A veces lo primero es admitir lo que pasó, buscar la ayuda necesaria y dejar de confundir la intención con el resultado.

No recuerdo aquel cumpleaños como una victoria. Lo recuerdo como una de las veces en que tuve que aceptar que mi relato sobre mí mismo no coincidía con mi conducta.

El hecho no desaparece porque hoy lo entienda mejor. Pero tampoco tiene por qué tener la última palabra.