Por Félix A. J. · · 3 min de lectura
Durante años tuve una manera muy convincente de hacer que todo pareciera estar bien: me iba a pescar.
Tenía un barco en Puerto Aventuras, en el Caribe mexicano. El mar, el sol y las salidas de pesca podían parecer una vida envidiable. En el barco me reía, convivía y ocupaba el lugar del padre divertido. Desde afuera, era fácil quedarse con esa imagen. Yo mismo me refugiaba en ella.
Pero había otra realidad. Bebía demasiado. El alcohol había ocupado un lugar que ya no podía explicar como una simple costumbre social. Mi cuerpo había llegado a superar los 140 kilos y yo llevaba mucho tiempo viviendo entre el exceso, el cansancio y una incomodidad conmigo mismo que rara vez se veía en las fotografías.
En las salidas de pesca, la cerveza acompañaba las conversaciones y los lances de la caña. Había motivos para celebrar cualquier cosa: un pez, una buena mañana, simplemente estar ahí. El problema no era disfrutar del mar. El problema era que había empezado a necesitar la bebida para atravesar momentos que, en teoría, debían ser agradables por sí mismos.
Esa contradicción me costaba reconocerla. Podía estar rodeado de un paisaje extraordinario y, al mismo tiempo, querer evitar lo que sucedía dentro de mí. En el barco conseguía representar al hombre alegre durante unas horas. Al volver, seguía teniendo los mismos problemas. El refugio no se había convertido en una salida.
Recuerdo una de esas jornadas y el regreso al muelle. No hubo una revelación milagrosa ni una decisión que cambiara todo en cuestión de segundos. Hubo algo mucho menos espectacular: un momento de silencio. El Caribe seguía siendo el Caribe, pero por primera vez esa belleza no me servía para tapar la pregunta que venía evitando.
¿Cuánto tiempo más iba a vivir de esa manera?
No contesté la pregunta con una transformación inmediata. Todavía tenía por delante intentos, promesas incumplidas y mucho trabajo. Sería falso contar que bastó contemplar el horizonte para dejar de beber. Lo que sí ocurrió fue que empecé a reconocer la distancia entre lo bien que podía verse mi vida y lo mal que me estaba sintiendo con la forma en que la llevaba.
Hoy miro aquella etapa sin despreciar lo que había de bueno en ella. Disfrutaba el mar. Quería a mi familia. Había momentos de alegría real. También había una dependencia que estaba dañando mi vida. Las dos cosas podían existir a la vez, y negar cualquiera de ellas sería contar una historia incompleta.
Años después encontré en el estoicismo palabras para una distinción que entonces apenas intuía: el paisaje no toma decisiones por nosotros. Tampoco nos salva una fotografía bonita ni una tarde extraordinaria. Pero reconocer un problema, sin seguir maquillándolo, puede cambiar lo que hacemos cuando termina la excursión y regresamos a tierra.
La primera pregunta que me dejó aquel barco no fue cómo conseguir una vida más emocionante. Fue mucho más incómoda: ¿qué estaba haciendo con la vida que ya tenía?