Por Félix A. J. · · 3 min de lectura
Si hoy menciono que terminé dos Ironman y nueve medios Ironman, alguien podría imaginar que siempre tuve disciplina, buena condición física o una relación sencilla con el ejercicio.
No fue así.
Hubo una época en que mi peso superaba los 140 kilos y el alcohol estaba presente en casi todo. Caminaba con dificultad. No tenía una vida de atleta esperando a que alguien la descubriera. Tenía un cuerpo cansado, una situación personal complicada y una sucesión de decisiones que no estaba sabiendo sostener.
Por eso es importante explicar dónde comenzó el movimiento. No comenzó con una bicicleta de competencia, un plan de entrenamiento ni una inscripción a una carrera. Comenzó con mis pies sobre el pavimento, una mañana, intentando avanzar.
Salir a caminar era una acción que todavía podía hacer. Al principio no resolvía nada de manera automática. Yo seguía luchando con la bebida y con mis propios argumentos para posponer el cambio. Durante la semana podía sentir que iba por buen camino; luego llegaba el viernes y aparecía la voz de siempre: me lo había ganado, podían ser solo un par de cervezas, ahora sí podría controlarlo.
Aquellos razonamientos parecían nuevos cada vez que surgían. En realidad, me llevaban al mismo lugar.
Lo importante es que la caminata no exigía que el resto de mi vida estuviera resuelto antes de empezar. Podía salir aun cuando no tuviera claridad sobre todo lo demás. Y al salir, al menos durante ese tiempo, dejaba de limitarme a pensar en el cambio para hacer algo visible.
Recuerdo un tramo elevado de mi ruta, un puente desde el que podía mirar el mar. Una mañana me detuve allí. El horizonte estaba enfrente; yo seguía cargando con las mismas dificultades. No había medallas, ni un público, ni una meta espectacular que cruzar. Había una pregunta: si lograba dar esos pasos, ¿podría encontrar la manera de seguir?
Sería cómodo reescribir esa escena como el instante en que derroté a mi adicción. No fue eso. La dependencia requería más que caminar y más que voluntad. Con el tiempo también necesité apoyo: un primo y un amigo me acompañaron a Alcohólicos Anónimos, donde encontré personas que entendían una experiencia que yo había intentado afrontar solo.
Las caminatas permanecieron. Más adelante vendrían cambios en la alimentación, pérdida de peso y desafíos deportivos que antes habrían parecido imposibles. Pero ese futuro no debe borrar lo pequeño del comienzo.
Cuando alguien me habla de mi historia como si se tratara de una transformación de un día para otro, pienso en aquellas mañanas. No había un resultado visible que presumir. En ocasiones había progreso y en otras había retrocesos. Lo que había empezado a cambiar era mi relación con la acción: en vez de esperar a ser el hombre que quería llegar a ser, intentaba hacer algo concreto con el hombre que era entonces.
Por eso no le digo a nadie que tenga que correr un Ironman, ni que caminar sea una cura. Cada cuerpo y cada situación tienen límites diferentes. Mi experiencia solo demuestra algo más sencillo: la primera acción de una reconstrucción puede parecer muy pequeña comparada con la vida que uno espera alcanzar.
Y aun así, merece que la tomemos en serio.